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Terra
La Coctelera

¿Otra vez los malos?

Dice Ray Loriga en uno de sus libros: (no puedo citar textualmente porque no lo recuerdo nítido) "Si tienes ojos en la cara, no te quedan más cojones que mirarla".

Y eso mismo pasa con ella. Más que ojos yo diría corazón. Si tienes corazón, no te quedan más narices que regalárselo porque, sabrás que ella siempre lo cuidará, lo mimará y le sacará el mejor partido. Aunque parezca que está ausente, ella siempre habla en silencio. Aunque nunca coja el teléfono, siempre está al otro lado, esperándote. Y aunque diga que "siempre está bien", puede que, en ocasiones, no esté tan bien como parece. Pero nunca una palabra de su boca subirá el tono a otra anterior. Siempre le delatarán sus sinceros ojos y sus pequeñas manos.

Pocas veces he conocido tanta bondad.

Sin embargo, vuelven a ganar los malos. Vuelven a sembrar trocitos de rabia en su mudo corazón. Vuelven a pisar cabezas y a llover donde ya estaba mojado. Vuelven a dejar la huella que con tanto esmero se ha dedicado a borrar durante todo este tiempo (y durante mucho tiempo atrás). Vuelven para recordarle (y para recordarnos a todos) que la gente mala sale a la superficie para respirar.

Y yo quiero decirles algo. Quiero advertirles que ya no duele. Que a base de pensar, de seguir subiendo, de no mirar hacia atrás, de curar heridas, de cien millones de palabras invertidas en mirar hacia delante, de sacar valor y fuerzas de debajo de las piedras, de sonreir (eso sí, nunca ha dejado de sonreir) y de saber darle valor a las cosas, ella ya ha conseguido estar en este "otro lado".

Ahora ya no podéis dejar huella, ni sembrar trocitos de rabia, ni pisar cabezas, ni llover sobre mojado. Ahora su corazón, como siempre, puede con eso y con todo lo demás que queráis seguir trayendo.

Pero, eso sí, no os olvidéis, de vez en cuando, de meteros la lengua en el culo.

(Por Elena y para Elena. Porque todas estamos de acuerdo en que, un día, un ángel con alma de bruja se cruzó en nuestras vidas. Y no queremos que te marches nunca.)

Este jueves (y todos los jueves de mi vida)

Seguiré mirando mis manos y recordando el sabor del café que compartimos y el que compartiremos de aquí adelante.

Seguiré recordando el sonido de las olas que llegaban hasta Vela y el de la luna llena bronceándonos el cuerpo y acercando nuestras vidas, sin saberlo.

Volveré a asomar mis pies por el balcón de la calle en la que nos conocimos.

Y brindaré con champán (o con lo que haga falta) porque, lo que nos siga uniendo sea un puente indestructible y no un agujero negro en medio de un mar de dudas. Porque el único mar que conozcas sea ese de la luna de agosto, que te vió crecer.

(Descálzate, por favor. Siente con tus pies el gélido suelo. Tócalo e impulsate para poder volver a respirar. Los fondos de los pozos nunca nos han servido para nada y en la superficie te está esperando un brote de algún ginkgo que he puesto, aquí, en la palma de mi mano).

Des-conocido

Yo también le he visto a él. A pesar de que intentaba disimular susurrando las canciones que Eddie cantaba en mi oído, yo también le he visto. Estaba sentado tras el conductor del autobús y llevaba unas gafas de sol que no tapaban completamente sus ojos. Sabía que me estaba mirando. Sabía que me había reconocido y que hacía ademanes con su boca y con sus manos para intentar acercarse a mi y saludarme... Después de tanto tiempo. Lo he notado por el rabillo de mis ojos.

Pero he seguido disimulando.

Como siempre, me he colocado en buena posición para bajar en mi parada. Caminando, al ritmo de 'Inside job', me he colado en los túneles del metro. No acosumbro a mirar hacia atrás (y menos a plena luz del día) y hoy tampoco lo he hecho.

Meto el ticket. Saco el ticket.

Desde donde estoy no veo si viene el metro, pero aún así, aligero el paso para llegar al andén y que solamente ponga "Próximo tren llegará en 1 min.". Tengo suerte y cuando el último peldaño de las escaleras mecánicas se esconde tras mis pies, el metro está parando ante mi. Aligero el paso un poco más. Me cuelo en el tercer vagón a ritmo de 'Come back' (despacito, pero con buena letra... y nunca mejor dicho). Y me agarro a una de las barras, porque nunca se sabe qué puede pasar con los frenazos.

Una vez dentro, le vuelvo a ver. Mi rabillo del ojo vuelve a captar su mirada y su continua intención de acercarse a saludarme. Se llama Juan Manuel. Compartíamos mesa en 5º de E.G.B. Juan Manuel López. Serán los únicos apellidos completos que recordaremos durante toda la vida: los de nuestros compañeros de clase.

Sigo disimulando durante el trayecto entre Avda. de la Paz y Alfonso XIII. Y entre Alfonso XIII y Prosperidad. E incluso entre Prosperidad y Avda. de América. Entonces se abren las puertas y me bajo. Me adentro entre las decenas de personas que comparten paseos matutinos por los pasillos del metro cada mañana. Hago mi trasbordo cantando 'Parachutes'.

Cuando llego al andén, aunque nunca acostumbro hacerlo a plena luz del día, me doy media vuelta y miro hacia atrás.

No hay nadie.

Y solamente entonces me pregunto qué tal le irá la vida a Juanma.

Fue fácil

Lo dije. El pasado 6 de junio en este mismo blog escribí que sería fácil dejarlo. Es incluso más sencillo de lo que parece. Si no tuvieramos tanto miedo a enfrentarnos con la realidad (y sobre todo, con lo desconocido), mucha gente sería capaz de hacerlo.

Esta mañana he tenido que esperar cuatro horas hasta que mi jefe ha llegado a la oficina. Muy seria y con un par de copias de mi "baja voluntaria" en la mano, he entrado tras él en su despacho y cerrando la puerta le he dicho: "Tengo que hablar contigo". Resulta que un empresario (propietario, socio y mayor capitalista) sí que puede despedirte cuando a él (o a ella) le plazca. Pero tú no. Tú no puedes marcharte porque te llaman indecente, poco profesional, mentirosa, traidora... E incluso son capaces de amenazarte diciendo que podrían (palabras textuales) "obligarte a trabajar durante los 15 días que no has dado de preaviso". Al oir eso, he respondido que retener a alguien en contra de su voluntad es sinónimo de secuestro. Le ha cambiado la cara.

El caso es que después de tener que soportar toda clase de prepotencias por su parte, le he mirado con cara de pena y le he dicho: "Carlos, fírmame la carta porque mañana ya no regreso". Y tirándose de una oreja, no se ha llegado a la otra.

He salido a la calle dejando que el sol bañara mi rostro. Hacía tiempo que no me sentía así, tan libre. Y me he dicho: "No era tan difícil dejar de trabajar con este impresentable".

Mañana mismo comenzará mi nueva andadura. Y confío en que no sea tan desagradable.

14 de julio de 2001

Te pareces tanto a mi cuando era pequeña...
Cuando el mundo me quedaba siempre, dos tallas más grande.
Cuando los únicos barrotes que conocía
eran rojos y oxidados
o amarillos y oxidados.
Cuando las bombas eran solamente fétidas.

Cuando la amistad de un día
(o de unas horas)
era más verdadera
que la que ahora intentan venderme
como eterna.

Cuando la inocencia era inocente.
Cuando no se jugaba con ella
ni se malgastaba.
Cuando creía en monstruos, en fantasmas,
en príncipes y princesas,
en los reyes magos
y en los padres.

Te pareces tanto a mi
cuando te acurrucas por las noches en la cama.

Y lo cierto es que,
en estas noches de julio,
aún apetece hacerlo.

(Cuando buscas en el baúl de los recuerdos, en la caja de Pandora o en el cajón de tu mesilla, en ocasiones encuentras letras, palabras e incluso poemas de hace mucho tiempo. Como éste, el primero que le escribí a Cristina).

Lluvia

Huele a hierba mojada (a las hojas de hierba de mi querido Whitman). Dice la gente que esta lluvia te pone triste y sin embargo yo no puedo dejar de sonreir. Asomo mi cuerpo por la ventana y alargo la mano para empaparme la muñeca e incluso el codo. Conservo intactas las pequeñas gotas que a su merced se posan en mis brazos (ya he sacado los dos).

Me quedo así un rato.

Mezclándose en mi el intenso olor a lluvia y el suave algodón.

No sé por qué razón me viene a la memoria el sabor del café de las tardes de verano. Pero me gusta.

Y me pregunto por qué nunca llueve a gusto de todos.

Estos ojos

Cuando alguien es feliz...

... es imposible que no te contagie la sonrisa...

Cuando sabes que alguien espera algo de ti...

... serías capaz de quitarte la vida para dárselo.

Porque siempre, siempre,
te lo agradecerá...

Y, aunque tú no lo creas, te mostrará toda su atención...

Así que, manten siempre los ojos bien abiertos por si alguien lo necesita.

(Para Cris y Lucía. Porque sus ojos son el mar y la tierra. Y porque sólo ellos nos dan la vida).

Sabía que se me olvidaba algo

Besarme. Había olvidado besarme.
Y ha vuelto solamente para eso.

Dijo que sentía que algo se le había olvidado y recorrió otra vez la distancia que le separaba de mi, solamente para besarme. Para eso y para decirme: "Te quiero" mientras sostenía mi cara entre sus manos.

Esos instantes sin premeditación, sin ingredientes añadidos, sin preparación... Esos instantes son los que hacen que mi corazón se acerque un poquito más a él.
Cuando me manda mensajes, mientras desayuna y me dice que desearía estar conmigo y abrazarme. Así, sin más.
Cuando, mientras conduce, apoya su mano en mi pierna y me acaricia durante dos kilómetros o durante doscientos.
Cuando 'vigila' mis sueños.
Cuando pone sus manos en mi nuca, tocándome el pelo y me acerca a él para besarme.
Cuando es. Cuando está.

Incluso cuando todavía no ha sido.
Incluso entonces, le seguiré amando.

(Para ti, Kako. Porque te quiero)